La hora de las aventuras. Por Madeleine Sautié | madeleine@granma.cu

La hora de las aventuras. Por Madeleine Sautié | madeleine@granma.cu
Sin falsos “chovinismos” ni “pueril ni ro­mántico alarde”, suelo decir que pertenezco a una generación que pudo guardar en sus recuerdos infantiles hermosas emociones. Los cubanos que fuimos niños en los 70 tuvimos el privilegio de vivir en un país que estrenaba, hacía poco más de una década, un proyecto social que priorizó, entre muchos otros beneficios, la educación gratuita y obligatoria para todos sus habitantes.

Sin falsos “chovinismos” ni “pueril ni ro­mántico alarde”, suelo decir que pertenezco a una generación que pudo guardar en sus recuerdos infantiles hermosas emociones. Los cubanos que fuimos niños en los 70 tuvimos el privilegio de vivir en un país que estrenaba, hacía poco más de una década, un proyecto social que priorizó, entre muchos otros beneficios, la educación gratuita y obligatoria para todos sus habitantes.
 
A la labor de la escuela, convertida cada día y durante ocho horas en la casa grande, y habitada por maestros de probada vocación, se su­maba, en el empeño de formar a las nuevas generaciones de cubanos, una programación televisiva que —aun cuando carecía de los recursos tecnológicos con que pudiera contar hoy— dejó huellas muy hondas en los pequeños de entonces.
 
Simples canciones —aunque no canciones sim­ples— de letras entrañables como Bar­quito de papel, Protesto, La muñeca fea o Amiguitos vamos todos a cantar, vienen a mi mente, junto a muchas otras, cuando pienso en esa etapa esencial en que el mundo se nos abría como una concha llena de sorpresas para recoger esen­cias que duran para siempre. Programas como Amigo y sus amiguitos y Tía Tata cuenta cuen­tos; mensajes educativos y de corrección de la lengua materna por medio de graciosos y efectivos animados, y hasta un grupo musical —de esos que no ceden su lugar en el hit parade de los afectos— contaban entre aquellos productos culturales que los niños necesitaban oír.
 
Temas que hablaban de los derechos de los ni­­ños, el amor, la amistad, la paz, la pa­tria… “to­ca­ron” en sus canciones Los Yoyos —integrado por títeres humanísimos y casi per­fectos— para lle­­­gar a los niños como una caricia suave y firme a un tiempo, como para sembrar con la dulzura de una melodía esos va­lores imprescindibles sin los que no se puede ser un ser humano completo.
 
Pero había un espacio que tenía lugar de lu­­nes a viernes y ninguno de nosotros se po­día perder. Cuando ya estaba lista la comida y las tareas escolares posiblemente he­chas, el reloj del espíritu nos avisaba la hora de las aventuras, un programa destinado a los más pequeños —aunque deleitaba a la familia entera— y que por décadas cubrió necesidades que hoy no tienen resueltas en materia televisiva nuestros niños.
 
La falta de ese espacio se siente como una or­fan­dad que no pueden suplir las series ex­tran­jeras —u otras propuestas— que se exhi­­ben en ese horario, por muchos años ocupado por las aventuras, las cuales durante mu­cho tiempo no han vuelto a producirse.
 
El amor por nuestros actores y por nuestra te­levisión nacional es también el amor por Cu­ba. Conocerlos desde pequeños, en espacios destinados a los niños, es un modo también de cultivar el respeto y la admiración por los profesionales del patio, por aquellos que comparten con nosotros idéntica suerte.
 
Nuestra generación recuerda en plena ju­ventud a actores que continúan hasta hoy en la pequeña pantalla como Obelia Blanco; Ro­gelio Blaín; Luis Rielo; Enrique Almirante, ya fallecido, o Cristina Obín, por solo mencionar unos pocos de una larga lista, y no podemos menos que quererlos y recordarlos con gratitud por todo lo que sus personajes nos aportaron.
 
La literatura universal y la nacional salió bien parada también con las aventuras al llevar a estos formatos obras de las que no pocos pueden hablar hoy, aun sin que hubieran sido para entonces amantes de la lectura. Bien selec­cionadas estaban las creaciones literarias que se llevaron a los dramatizados televisivos de entonces a juzgar por la imantada atención que prestaban sus pequeños televidentes, los que se comportaban como fieles seguidores de las aventuras que no podían ser desplazadas fácilmente por otros entretenimientos.
 
Así fueron abriéndose paso en nuestro co­ra­­­­­zón personajes universales del género aven­­tu­ra como el capitán Tormenta, Enrique de La­­­gardere, Pierrot, el corsario negro, Robin Ho­­od; el prisionero de la máscara de hierro, Me­­­mé,  entre otros, como también la historia patria se ponía al trasluz viendo a nues­tros artistas desempeñarse en roles he­roicos de nuestras guerras independentistas.
 
La música de los nuestros se nos pegó tam­­bién por las aventuras. ¿Cómo olvidar en la voz de Sara González  la interpretación del tema Un hombre se levanta (o Antesala de un tupamaro) que compuso Silvio expresamente para Los comandos del silencio dirigida por Eduar­do Moya, sobre los Tu­pa­ma­ros de Uru­guay? ¿O al propio Silvio, junto a Pa­­blo y Sara cantando el poema Masa, de Cé­sar Vallejo, para Tierra o sangre?
 
Los ejemplos que ilustran los aportes de las aventuras serían muchos, incluso diferentes para unos y otros. Pero siempre un saldo en aras de dignificar por medio de una pro­puesta cultural la sublimidad espiritual del público te­levidente. En aquel entonces fueron propuestas a las que grandes precariedades no pu­dieron arrancarles un ápice de ve­ro­similitud.
 
Bosques de cartón y barcos apenas sin movimiento no fueron barreras para que creyéramos en ellos como mismo creíamos en el chin chin de las espadas y sables que hacían chocar los soldados de bandos diferentes.
 
Ojalá entre los futuros proyectos de la Te­le­visión Cubana cuente la restauración de este espacio cuya ausencia no parece andar buscando un regreso. Soñar no cuesta nada, pensemos entonces que los niños cubanos de hoy, antes de dejar de serlo, tal vez consigan sumar a sus actuales entretenimientos la alegría de encontrar a sus actores convertidos en personajes de aventuras.
 
Posted by Roberto Rodríguez on 4/26/2015 12:43:28 PM
Filed under: Sara, Silvio, Televisión, Cuba


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Gerardo Díaz-Argüelles
bueno, creo que compartimos el mismo optimismo, hoy leyendo la noticia del alza en la producción industrial me di cuenta que algo está pasando en Cuba. Por un lado, nos estamos disciplinado los que queremos a nuestro país y trabajamos socialmente por él, y por otro, donde aparecen claramente los elementos que son claramente antisociales y por sobre todo, antisocialistas. Qué bueno que aquello clarísimo.
4/28/2015 6:29:44 PM
 
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Roberto
Yo ya lo estoy viendo, esa recuperación que tanto añoramos y esperamos. Debemos mostrarnos inflexibles frente a lo mal hecho, pero en todo, desde lo pequeño hasta lo más grande.
4/27/2015 6:34:55 PM
 
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Alicia
tengo confianza en que resteblecerán aquellas cosas perdidas, las que extrañamos todos, hay momentos en que desconozco mi país, malos gestos, malas costumbres, chabacanería. Ya comenzamos con algo importante, eliminando del espacio público el enejenante regeaton.
4/27/2015 1:42:58 PM
 
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Gerardo Díaz-Argüelles
Es cierto Roberto, hubo un deterioro enorme, pero no creo que sea exclusivamente en la educación, hubo un deterioro en el conjunto de la sociedad, el período especial fue crucial en el cambio de actitudes de muchos cubanos, las indisciplinas sociales se encuentran allí, derivadas del período especial, pero aumentadas con la presencia de "relaciones comerciales" venidas desde el exterior. Hoy muchas de desviaciones se manifiestan en la escuela, pero no solo ahí.
4/26/2015 1:55:26 PM
 

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